Se han sucedido cerca de 80.000 generaciones desde que el planeta alumbró al Homo habilis, la primera especie del género Homo; 60.000 desde que el Homo erectus (el primer homínido con un tamaño semejante al nuestro) se aventuró a poner un pie fuera de África; y 7.000 desde que nuestros ancestros «se despertaron un día» con una pinta como la nuestra e idéntica capacidad craneal (de hecho, incluso mayor), «amaneciendo» como Homo sapiens, igual que nosotros. Compara estas cifras con las apenas trescientas generaciones que nos separan de los primeros cultivos de cereales, o las solo cuatro que llevamos sumidos, para nuestra desgracia, en este experimento fallido a gran escala llamado comida ultraprocesada. Dejando otras especies de homínidos fuera de la ecuación, nuestra alegórica balanza evolutiva sopesa 7.000 generaciones de cazadores recolectores contra solo trescientas de agricultores. Y aunque la agricultura nos permitió cimentar la civilización que un día daría origen a internet, el saxofón, la televisión por satélite y los coches que se aparcan solos, el hecho de que podamos subsistir comiendo lo que aparece tras meter harinas, aceites hidrogenados, azúcar y aditivos en una extrusora, no implica que nuestros genes paleolíticos estén satisfechos con ello.
No fue hasta hace apenas 12.000 años, realmente un suspiro en comparación con los casi tres millones que han pasado desde que nuestros ancestros comenzaron a bajarse de los árboles y a caminar erguidos, que los humanos aprendieron a cultivar y se asentaron en los primeros poblados fijos. Hasta entonces, vivían en clanes nómadas que se desplazaban tras las grandes manadas de animales herbívoros que cazaban, aprovechando las frutas silvestres, hojas y raíces comestibles que se cruzaban en su camino. Quizás ahí radica el colosal poder terapéutico de las «nuevas» dietas paleolíticas —de las que hablaremos más adelante— en tantos frentes diferentes (desde los trastornos psicológicos, como la ansiedad y la depresión, la fatiga, los cuadros inflamatorios y digestivos, los más variopintos problemas de la piel o las autoinmunes, hasta el propio autismo): en que nuestros arcaicos genes paleolíticos sí reconocen esa carne, ese pescado, esos huevos, ese marisco, esas hortalizas, esas raíces, esa verdura, esa fruta y esos frutos secos como «comida». Y saben qué hacer con ella.
Para ilustrar la reflexión que pretendo trasladar, citaré a un sabio con mucha más capacidad de síntesis que yo: Jared Diamond, prolífico escritor, biólogo, fisiólogo evolucionista y biogeógrafo, que calificó la implantación de la agricultura que tuvo lugar en los albores del neolítico como «la mayor pifia de la historia de la humanidad»[i].
No osaría contradecir a tan erudito autor, pero sí añadiría otra coletilla a su alegato: puede que la revolución neolítica fuera la mayor pifia que había cometido la especie humana… hasta el día aciago que decidió que su comida saldría de una fábrica envuelta en plástico y etiquetada con una lista criptográfica de ingredientes (que suelen ser distintas combinaciones de unos pocos ingredientes —cereales, azúcar, aceites industriales y aditivos diversos). Da igual qué eslogan pegadizo aparezca en el embalaje o cuán sanos, atléticos y felices veamos a quienes protagonizan sus anuncios… ningún carbohidrato refinado bañado en azúcar, sal, grasas industriales y aditivos es remotamente saludable.
Los aditivos
Los comestibles ultraprocesados todavía no cuentan con una definición académica consensuada, pero no la necesitamos para saber a qué nos referimos. Son esos vistosos envases que nos llaman a gritos desde los pasillos de los supermercados del siglo XXI. Ya conocemos el pernicioso poder que el trigo y el azúcar tienen sobre nosotros (y también cómo se ceban con nuestro cerebro sin un atisbo de piedad), pero su perfidia no es rival para la maldad que se genera cuando se les añaden esos inestables aceites de semillas refinados que se oxidan solo con mirarlos, la lamentable sinergia que nos venden embalada y con una remota fecha de caducidad, a menudo, además, bajo un traicionero eslogan de producto saludable, cuando es, discutiblemente, el peor enemigo de nuestro cerebro.
Sospecho que, si estás leyendo esto, ya intentas que tu cocina no cobije coloridas cajas de cereales de desayuno o snacks envueltos en plástico con una larga lista criptográfica de ingredientes. Pero te dejo recogiditos en una tabla algunos de los aditivos más comunes que abundan en los ultraprocesados y que repercuten directamente (para mal) sobre su cerebro.
Sí, da miedo. Y no son todos los que hay, ni mucho menos. Todavía no tenemos mil y un estudios que analicen el efecto individual de cada uno sobre el TEA, pero ya acumulamos mucha información acerca de su perfidia sobre el cerebro. Y sin ánimo de prohibirle comer nunca nada que los contenga, si su menú diario está repleto de proteínas que lo inflaman, es pobre en micronutrientes y además rebosa sustancias capaces de inducir estrés oxidativo en el cerebro… quizás sí podamos augurar que la terapia nutricional le cambie la vida.
[i] Diamond, J. (1999). The Worst Mistake in the History of the Human Race. Discover Magazine, Planet Earth.

