La comida es el factor más determinante de tu resiliencia —o fragilidad— celular. (Dra. Martha Herbert, neurocientífica y neuróloga infantil experta en autismo)
Aún estamos muy lejos de poder estratificar los casos de TEA según la influencia que sus causas subyacentes ejercen sobre su sintomatología para poder priorizar una terapia específica sobre las otras, pero cada día nos acercamos un poco más. No solo difieren en los factores causales, la sintomatología (tanto conductual como física —desde gastrointestinal, inmunitaria o problemas del sueño hasta convulsiones…), también en las necesidades nutricionales y en la respuesta a la dieta: mismo diagnóstico, pero biología diferente.
Pese a las muchas diferencias, se aprecian patrones biológicos comunes, en concreto, suelen compartir la inflamación y el estrés oxidativo, las disfunciones intestinales y endocrinas, los déficits nutricionales, la activación inmunitaria, las dificultades en los procesos de detoxificación, las alteraciones en rutas bioquímicas esenciales (como la metilación, la transulfuración y la sulfatación, que pronto conoceremos), los desequilibrios en los neurotransmisores y el estrés mitocondrial. Hoy, las opciones farmacológicas para el TEA son muy limitadas y no especial ni universalmente efectivas. Y de esa necesidad surge la reciente ola de estudios científicos que pretenden encontrar terapias alternativas a la medicación que, por fortuna, ya han mostrado mejoras prometedoras en los síntomas del TEA[i].
Y no solo incluyen intervenciones dietéticas, como las dietas sin gluten ni caseína[ii], baja en glutamato[iii] o cetogénica[iv] (que también conoceremos), sino un abanico muy amplio de otras opciones nutriterapéuticas (que incluyen la GAPS, la FAILSAFE, la Feingold, la dieta de los carbohidratos específicos, la paleo autoinmune, la baja en salicilatos/histamina/fenoles/ FODMAPs/oxalatos/purinas/azufre/lectinas, la dieta de bajo índice glucémico, la carnívora, la vegetariana y otras tantas más). Y aunque esta larga lista de opciones, en realidad, sea una oda a la esperanza, ejerce más como obstáculo que como invitación. Leerla de carrerilla me abruma hasta a mí. Pero no tenemos que probarlas todas (ni siquiera que aprendérnoslas todas, no). Bastará con analizar la sintomatología de nuestra personita y hacer algunos cambios paulatinos (mediante una dieta de evitación y observación) que nos vayan guiando, pasito a pasito, hacia la dieta que mejor le siente (sin importarnos demasiado si alguien la ha bautizado antes o no).
Afortunadamente, no tenemos que lanzarnos solos a tamaña epopeya. En 2023, el Dr. James Adams (el padre coraje de la Universidad de Arizona que nos iluminó al inicio de nuestra andadura) y Julie Matthews (una nutricionista que lleva años individualizando terapia nutricional en niños con TEA) se embarcaron en una tarea hercúlea que hoy nos quitará mucho trabajo a ti y a mí. Se propusieron poner sobre la mesa la eficacia y las mejoras (y los efectos adversos) que ofrecían hasta trece dietas terapéuticas en 818 niños con TEA. El resultado de su labor se encuentra felizmente recogidito y al alcance de todo aquel que quiera verlo en una publicación de acceso libre del Journal of Personalized Medicine [v]. Y debes saber que, como media, el beneficio general de las dietas dobló tanto al de los nutracéuticos como al de la medicación.
Esas trece dietas que ya han pasado bajo la lupa del TEA son:
- una que llamaron «dieta saludable» (que pide sustituir los comestibles ultraprocesados repletos de azúcar y aditivos por comida casera cocinada con ingredientes frescos);
- la dieta Feingold (creada en los años 1970 por el Dr. Ben Feingold para aliviar la hiperactividad, elimina los aditivos artificiales —colorantes, conservantes, saborizantes…);
- la dieta de evitación de alimentos según IgG/IgE (que elimina aquellos alimentos que aparecen en los análisis de IgG —las inmunoglobulinas o anticuerpos que fabricamos contra ciertos alimentos, que algunos opinan que apuntan a intolerancias latentes, pero la comunidad médica tiende a defender que solo están en la sangre porque se han comido recientemente— e IgE —las que provocan alergias);
- la dieta baja en azúcar;
- la dieta de evitación de alimentos y observación (es un tipo de dieta de eliminación en la que se evitan alimentos de uno en uno para ver qué efecto tiene en los síntomas);
- la dieta sin gluten ni caseína (que no podía faltar);
- la dieta de los carbohidratos específicos (que permite solo los azúcares formados por una sola molécula —como la glucosa o la fructosa—, pero no los demás —el azúcar, la lactosa o el almidón—, por lo que se puede comer fruta, pero se eliminan dulces, patatas, cereales y lácteos);
- la dieta cetogénica (en la que pronto ahondaremos, que es la más poderosa de las trece, pero también la más difícil de seguir y, a menudo, innecesaria en niños con TEA);
- la dieta sin maíz;
- la dieta sin caseína;
- la dieta paleo (que permite comer solo los alimentos a los que nuestros ancestros cazadores-recolectores paleolíticos habrían tenido acceso, aquellos para los que nuestros genes están mejor adaptados —la carne, el pescado, el marisco, los huevos, las verduras, las hortalizas, las raíces, las frutas, las setas, los frutos secos o la miel);
- la dieta sin soja; y
- la dieta sin gluten.
Pues en una escala del 0 (sin beneficio) al 4 (gran beneficio) la puntuación promedio de las dietas fue de 2,36 —una cifra sustancialmente superior a la observada con los nutracéuticos (1,59/4,0) y los fármacos psiquiátricos o los anticonvulsivos (1,39/4,0). También el promedio de los efectos adversos generales de las dietas fue significativamente menor que el de los fármacos psiquiátricos o anticonvulsivos (0,10 frente a 0,93) y similar al de los nutracéuticos (0,16). Estos números ya hacen que merezca la pena que te sumerjas en este galimatías dietético, ¿no te parece?
La gravedad del autismo disminuyó ligeramente en todos los participantes. El beneficio general se cuantificó en un 44% y las principales mejoras en los síntomas específicos (según el promedio de usuarios que experimentaron mejoría) fueron la atención (que mejoró un 21%), la cognición (un 18%), la irritabilidad (también un 18%), la salud general (un 17%), la hiperactividad (un 17%), la agresividad/agitación (un 16%), la ansiedad (un 16%), el estreñimiento (un 15%), la diarrea (15%) y la comunicación (13%).
Las cinco mejores dietas en cuanto a efecto terapéutico global fueron la cetogénica, la «saludable», la sin gluten ni caseína, la sin azúcar, la Feingold y la dieta de evitación de alimentos y observación. Aunque fue la que menos participantes siguieron (solo 21 contra 221 de 818 que optaron por la sin gluten y sin caseína, que fue la más popular, seguida de la «saludable», que siguieron un total de 179 niños), la cetogénica fue la más útil en atención, ansiedad, cognición, estreñimiento, depresión, convulsiones, comunicación, letargo, interacción social, conductas obsesivo-compulsivas y autolesiones —aunque empató con la paleo en estos dos últimos, que se llevó el oro en los tics. La dieta Feingold fue la mejor en hiperactividad, irritabilidad, agresividad, sensibilidad sensorial y conciliación y mantenimiento del sueño. La dieta sin gluten ni caseína quedó segunda del podio en cognición, comunicación, diarrea, interacción social, sensibilidad sensorial y conductas de autoestimulación, perseveración, deseo de rutina y diarrea (para esta última, curiosamente, fue la dieta sin maíz la que se llevó la palma). Los problemas de la piel, el reflujo/vómito y la salud general los ganó la dieta de evitación de alimentos y observación. Así que, en mayor o menos medida, todos estos abordajes dietéticos (la mayoría de los cuales, además, muy traumáticos no deberían ser) ayudaron a mejorar los síntomas —tríada incluida. Por eso vale la pena dedicar algo de tiempo a prever cuál podría ser la aproximación más beneficiosa y menos exigente para su caso particular… y darle, al menos, una oportunidad.
Sabemos que distintas dietas afectan a diferentes síntomas, de modo que los síntomas de una persona pueden servirnos de guía para determinar qué dieta o combinación de dietas le resultarían más eficaces. Solo tenemos que seguir las flechas. Ya ves que no hablamos de una idea peregrina que haya salido de la mente alocada y llena de unicornios de una chalada de la nutrición que busca clientes, no. Cada día hay más evidencia científica de la buena que avala que las dietas terapéuticas son intervenciones seguras y eficaces para mejorar esos síntomas típicos del autismo que tanto nos duelen, con escasos efectos adversos. Y son tratamientos económicos (o gratuitos) que realmente vale la pena considerar para la inmensa mayoría.
El Dr. Kurt Woeller y el prejuicio por diagnóstico
El Dr. Woeller acumula más de veinte años de práctica clínica, muchos de ellos, especializándose en autismo infantil. En una de sus charlas, contó el caso real de un niño diagnosticado con autismo a los 2 años que, a los 7, ejemplificó como pocos el perjuicio por diagnóstico (o esa tendencia a achacar cada síntoma que experimenta un niño con TEA al propio TEA).
Ya desde bien pequeño había tenido serios problemas con el lenguaje y la interacción social, pero, poco a poco, empezó a presentar dificultades de alimentación también. No solo era muy quisquilloso con la comida, también se autolesionaba (se golpeaba la cabeza y se mordía las manos) y se mostraba muy agresivo (en especial a la hora de comer). Además, comenzó a presentar síntomas de alergia (picor en los ojos, secreción nasal y estornudos) y se le recetó un antihistamínico. Aunque el medicamento alivió la alergia, la conducta agresiva durante las comidas persistió. Fue derivado a un gastroenterólogo pediátrico que le realizó una endoscopia. Y se le diagnosticó esofagitis eosinofílica, una afección muy dolorosa en la que los eosinófilos —células del sistema inmunitario— se infiltran en el tejido epitelial del esófago. Por fin encontraron una explicación a la situación: el niño no quería comer porque le provocaba dolor, pero no podía expresárselo a sus padres.
Tras algunos cambios en su dieta y comenzar a medicarse, el niño tuvo una mejoría enorme en sus conductas autolesivas y agresivas: disminuyeron un 80 % en solo dos semanas y, al cabo de un mes, los problemas habían desaparecido del todo. Por primera vez en años, fue capaz de disfrutar de la comida.
[i] Mazzone, L.; Dooling, S.W.; Volpe, E.; Uljarević, M.; Waters, J.L.; Sabatini, A.; Arturi, L.; Abate, R.; Riccioni, A.; Siracusano, M.; et al. Precision microbial intervention improves social behavior but not autism severity: A pilot double-blind randomized placebo-controlled trial. Cell Host Microbe 2024, 32, 106–116.e6.
Pearson, D.A.; Hendren, R.L.; Heil, M.F.; McIntyre, W.R.; Raines, S.R. Pancreatic Replacement Therapy for Maladaptive Behaviors in Preschool Children With Autism Spectrum Disorder. JAMA Netw. Open 2023, 6, e2344136
[ii] Ghalichi, F.; Ghaemmaghami, J.; Malek, A.; Ostadrahimi, A. Effect of gluten free diet on gastrointestinal and behavioral indices for children with autism spectrum disorders: A randomized clinical trial. World J. Pediatr. 2016, 12, 436–442.
Hadjivassiliou, M.; Sanders, D.S.; Grünewald, R.A.; Woodroofe, N.; Boscolo, S.; Aeschlimann, D. Gluten sensitivity: From gut to brain. Lancet Neurol. 2010, 9, 318–330.
Hsu, C.-L.; Lin, C.-Y.; Chen, C.-L.; Wang, C.-M.; Wong, M.-K. The effects of a gluten and casein-free diet in children with autism: A case report. Chang. Gung Med. J. 2009, 32, 459–465.
Madra, M.; Ringel, R.; Margolis, K.G. Gastrointestinal Issues and Autism Spectrum Disorder. Psychiatr. Clin. North Am. 2021, 44, 69–81.
Marí-Bauset, S.; Llopis-González, A.; Zazpe, I.; Marí-Sanchis, A.; Suárez-Varela, M.M. Nutritional Impact of a Gluten-Free Casein-Free Diet in Children with Autism Spectrum Disorder. J. Autism Dev. Disord. 2016, 46, 673–684.
Piwowarczyk, A.; Horvath, A.; Pisula, E.; Kawa, R.; Szajewska, H. Gluten-Free Diet in Children with Autism Spectrum Disorders: A Randomized, Controlled, Single-Blinded Trial. J. Autism Dev. Disord. 2020, 50, 482–490.
Quan, L.; Xu, X.; Cui, Y.; Han, H.; Hendren, R.L.; Zhao, L.; You, X. A systematic review and meta-analysis of the benefits of a gluten-free diet and/or casein-free diet for children with autism spectrum disorder. Nutr. Rev. 2022, 80, 1237–1246.
Whiteley, P.; Haracopos, D.; Knivsberg, A.-M.; Reichelt, K.L.; Parlar, S.; Jacobsen, J.; Seim, A.; Pedersen, L.; Schondel, M.; Shattock, P. The ScanBrit randomised, controlled, single-blind study of a gluten- and casein-free dietary intervention for children with autism spectrum disorders. Nutr. Neurosci. 2010, 13, 87–100
[iii] Blaylock, R.L.; Strunecka, A. Immune-glutamatergic dysfunction as a central mechanism of the autism spectrum disorders. Curr. Med. Chem. 2009, 16, 157–170.
Ghanizadeh, A. Increased glutamate and homocysteine and decreased glutamine levels in autism: A review and strategies for future studies of amino acids in autism. Dis. Markers 2013, 35, 281–286.
Brown, M.S.; Singel, D.; Hepburn, S.; Rojas, D.C. Increased glutamate concentration in the auditory cortex of persons with autism and first-degree relatives: A (1)H-MRS study. Autism Res. 2013, 6, 1–10.
Choudhury, P.R.; Lahiri, S.; Rajamma, U. Glutamate mediated signaling in the pathophysiology of autism spectrum disorders. Pharmacol. Biochem. Behav. 2012, 100, 841–849.
Tzang, R.-F.; Chang, C.-H.; Chang, Y.-C.; Lane, H.-Y. Autism Associated With Anti-NMDAR Encephalitis: Glutamate-Related Therapy. Front. Psychiatry 2019, 10, 440.
[iv] Dynka, D.; Kowalcze, K.; Paziewska, A. The Role of Ketogenic Diet in the Treatment of Neurological Diseases. Nutrients 2022, 14, 5003.
El-Rashidy, O.; El-Baz, F.; El-Gendy, Y.; Khalaf, R.; Reda, D.; Saad, K. Ketogenic diet versus gluten free casein free diet in autistic children: A case-control study. Metab. Brain Dis. 2017, 32, 1935–1941.
Gough, S.M.; Casella, A.; Ortega, K.J.; Hackam, A.S. Neuroprotection by the Ketogenic Diet: Evidence and Controversies. Front. Nutr. 2021, 8, 782657.
Lee, R.W.Y.; Corley, M.J.; Pang, A.; Arakaki, G.; Abbott, L.; Nishimoto, M.; Miyamoto, R.; Lee, E.; Yamamoto, S.; Maunakea, A.K.; et al. A modified ketogenic gluten-free diet with MCT improves behavior in children with autism spectrum disorder. Physiol. Behav. 2018, 188, 205–211.
Li, Q.; Liang, J.; Fu, N.; Han, Y.; Qin, J. A Ketogenic Diet and the Treatment of Autism Spectrum Disorder. Front. Pediatr. 2021, 9, 650624.
Mu, C.; Corley, M.J.; Lee, R.W.Y.; Wong, M.; Pang, A.; Arakaki, G.; Miyamoto, R.; Rho, J.M.; Mickiewicz, B.; Dowlatabadi, R.; et al. Metabolic Framework for the Improvement of Autism Spectrum Disorders by a Modified Ketogenic Diet: A Pilot Study. J. Proteome Res. 2020, 19, 382–390.
Olivito, I.; Avolio, E.; Minervini, D.; Soda, T.; Rocca, C.; Angelone, T.; Iaquinta, F.S.; Bellizzi, D.; De Rango, F.; Bruno, R.; et al. Ketogenic diet ameliorates autism spectrum disorders-like behaviors via reduced inflammatory factors and microbiota remodeling in BTBR T(+) Itpr3(tf)/J mice. Exp. Neurol. 2023, 366, 114432.
Stafstrom, C.E.; Rho, J.M. The ketogenic diet as a treatment paradigm for diverse neurological disorders. Front. Pharmacol. 2012, 3, 59.
Smith, J.; Rho, J.M.; Teskey, G.C. Ketogenic diet restores aberrant cortical motor maps and excitation-to-inhibition imbalance in the BTBR mouse model of autism spectrum disorder. Behav. Brain Res. 2016, 304, 67–70.
Pietrzak, D.; Kasperek, K.; Rękawek, P.; Piątkowska-Chmiel, I. The Therapeutic Role of Ketogenic Diet in Neurological Disorders. Nutrients 2022, 14, 1952
[v] Matthews JS, Adams JB. Ratings of the Effectiveness of 13 Therapeutic Diets for Autism Spectrum Disorder: Results of a National Survey. J Pers Med. 2023 Sep 29;13(10):1448. doi: 10.3390/jpm13101448. PMID: 37888059; PMCID: PMC10608557.
Coleman, D.M.; Adams, J.B.; Anderson, A.L.; Frye, R.E. Rating of the Effectiveness of 26 Psychiatric and Seizure Medications for Autism Spectrum Disorder: Results of a National Survey. J. Child. Adolesc. Psychopharmacol. 2019, 29, 107–123.

