La microbiota es la comunidad de microbios que viven en nuestro tubo digestivo (el microbioma son sus genomas). Es como ese invitado hambriento y remolón que se acomoda en casa y no podemos echar, aunque tampoco queremos, porque nos ayuda en las tareas domésticas menos apetitosas y nos protege con fiereza contra los intrusos. Hoy se la considera un órgano del cuerpo de pleno derecho. Y es un órgano insólito, porque cambia de composición con cada comida. No alberga solo bacterias, también es el hogar de los reyes de la fermentación, las levaduras, que se codean con protozoos unicelulares, un número descabellado de virus y unos diminutos seres antediluvianos emparentados con los que tiñen de colores los manantiales termales, los arqueas. Y este abigarrado grupo de invitados se comunica con nuestro segundo cerebro, que influye directamente sobre el primero y llega incluso a modular nuestro estado de ánimo. Si ellos están pochos, nosotros estaremos pochos. Y el eje es bidireccional (tras una contusión craneal, por ejemplo, es común que surjan cuadros gastrointestinales).
Nuestra microbiota afecta a nuestro humor, por ejemplo, en una intoxicación alimentaria. Será ese invitado hambriento y remolón quien reconocerá primero los intrusos y empezará a atacarlos para que mueran en su intento de quitarle su sitio de honor en el sofá. No solo procurará que los patógenos pasen hambre o intentará envenenarlos, sino que también (lo que es de agradecer) alertará a nuestro sistema inmune del asalto. En un abrir y cerrar de ojos, el segundo cerebro se preparará para purgarnos y mandará una advertencia para que encontremos un váter cuanto antes. En ese punto, nuestro estado de ánimo no será bueno, no. Estaremos ansiosos y decaídos. Ahora, si esta situación no proviene de la intrusión puntual de bacterias patógenas, sino de una disbiosis (una microbiota alterada, con demasiadas bacterias malas y pocas buenas) y una inflamación crónica, la respuesta del segundo cerebro no cesará… y sus cañonazos bioquímicos al primero tampoco.
Nuestra microbiota no habla mucho, pero se hace oír. Es capaz de liberar mensajeros químicos que nos hagan sentir bien después de comer lo que ella ansía, o que nos sintamos fatal si no lo hacemos. Y lo hace orquestando los consabidos antojos. Puedes sentir unas ganas tremendas de comerte esa chocolatina en particular, la que lleva turrón y caramelo, pero quizás no sea realmente a ti a quien le apetece. Tal vez estés oyendo un canto de sirena procedente de un órgano ajeno a ti que vive en tu intestino, ese invitado hambriento y remolón que se está volviendo pejiguero. Una parte de tu microbiota tiene ganas de turrón con caramelo y la otra de chocolate. Y cuando las consientes y se los das, se sienten satisfechas y te recompensan con tu pequeña dosis de placer, enviando señales bioquímicas a través del susodicho eje intestino-cerebro. Y si no, hacen que te invada la ansiedad y la mala leche. La buena noticia, sin embargo, es que de ti depende que sigan comportándose como una criatura malcriada que patalea cuando no consigue lo que quiere.
Ya sabemos que los niños con TEA tienden a compartir aquel intestino hiperpermeable (que permitía que los despojos de las bacterias, los infaustos lipopolisacáridos, se cuelen en el torrente sanguíneo y arenguen la inflamación, en respuesta a sustancias como el gluten o el dióxido de titanio), pero también comparten una tendencia a presentar disbiosis[i].
La soja, el maíz y el trigo transgénicos[ii]
Podría decirse que la soja, el maíz y el trigo son «la tríada del mal» en el mundillo de la terapia nutricional del autismo. Más allá de que contengan antinutrientes, que sí, y que la soja suela llegar al menú en forma de aceite industrial refinado parcialmente hidrogenado, no de tempeh, sospecho que hay un factor que contribuye a su perfidia. Porque hay algo que comparten: los tres suelen provenir de cultivos transgénicos. Y sé que este es un tema que levanta ampollas, pero no tengo nada claro que ese maíz, ese trigo y esa soja transgénicos sean peores que sus primos por el hecho de ser transgénicos. Hay quien alega que son más sostenibles porque procuran una cosecha mucho mayor con menos pesticidas (han sido genéticamente modificados justo para eso, para hacerlos resistentes a insectos y plagas). Hasta ahí, todo bien (podría haber sido la propia evolución quien les hubiera conferido esos mismos genes protectores y dudo que nuestros propios genes tengan manera de saberlo o les importe siquiera). Lo que sí me inquieta aterra (y por ello ni me acerco a ellos) es que los bañen en glifosato… que es justamente lo que hacen. Los defensores del glifosato (un potente herbicida que ya le ha costado a la compañía Bayer decenas de miles de millones de dólares en compensaciones judiciales a personas que han demostrado ante un juez que su uso les ha provocado cáncer) alegan que es inofensivo para los humanos, pero el problema es que es letal para la microbiota. Y si ella sufre, nosotros sufrimos. Ya se ha documentado que el glifosato promueve no solo el cáncer, sino también enfermedades inflamatorias intestinales (como el inclemente Crohn), y que aumenta el riesgo de cuadros neurodegenerativos, como el alzhéimer.
La microbiota cambia virtualmente tras cada comida. No será fácil convencer a tu personita de que deje de alimentar a sus bacterias malas y caprichosas, pero es un fin por el que vale la pena esforzarse. De golpe o poco a poco (quizás con un pelín de ayuda en forma de probióticos), podéis ir reconfigurando su flora intestinal para que deje de quejarse y que empiece a luchar en vuestro bando y no contra vosotros. Solo hay que cambiar lo que se come para convertirla en una aliada. Tal es el poder del primer cerebro sobre la influyente microbiota que maneja el segundo.[iii]
Hoy nos encontramos lamentablemente inmersos en una epidemia de enfermedades cerebrales que correlaciona con otra de problemas digestivos[iv]. Puede que nuestro control sobre lo que se cuece en el primer cerebro sea limitado, pero sobre el segundo tenemos más influencia de la que creemos. Él depende de la microbiota. Y la microbiota depende de lo que nosotros elegimos comer. He aquí uno de los pilares que sustentan el colosal poder de lo que comemos sobre nuestros dos cerebros. No renunciéis a él.
¿QUÉ ALTERA LA PAZ DE SU MICROBIOTA?
Aunque algunos de ellos los verás en sus respectivas tablas, a modo de recordatorio, te recojo las sustancias que ponen en jaque a su segundo cerebro —promoviendo la disbiosis o la hiperpermeabilidad intestinal—, lo que repercute en el primer cerebro también. Hay algunas que no podemos eludir del todo, pero la mayoría dependen exclusivamente de nosotros.
Sí. Están por todas partes. Y luego nos preguntamos de dónde vienen las actuales epidemias de obesidad, diabetes y cuadros psiquiátricos y neurológicos. Pues, probablemente, de ahí.
Y ante la impepinable duda de si vale la pena plantearse en serio la terapia nutricional para el autismo, si oyes un runrún que te susurra que aún no tiene suficiente respaldo científico como para implementarla con garantías porque engloba solo unos pocos estudios pequeños y heterogéneos… Puede que no reparta milagros para todos, no, pero tampoco hace daño. Y es lo más cercano que tenemos a un trasplante fecal.
La Dra. Campbell-McBride y la dieta GAPS[v]
La Dra. Campbell-McBride es una neuróloga y creadora de la dieta GAPS (Gut and Psychology Syndrome), que plantea la disfunción del microbioma intestinal como causa principal de las enfermedades neurológicas y psiquiátricas (que engloba la esquizofrenia, la depresión, el TDAH o el propio autismo) bajo el paraguas de su síndrome psico-intestinal. La secuencia que propone, basada en el eje intestino-cerebro, es la siguiente:
- Disbiosis intestinal (alteración de la microbiota con sobrecrecimiento de organismos perjudiciales y disminución de bacterias beneficiosas).
- Hiperpermeabilidad del epitelio intestinal (y el paso de partículas potencialmente dañinas).
- Inflamación sistémica e inmunitaria.
- Afectación cerebral (las sustancias inflamatorias alcanzarían el cerebro y alterarían el desarrollo, la conducta y la función cognitiva).
Campbell-McBride fue pionera en sostener que muchos niños con autismo sufren problemas digestivos, disbiosis, déficits nutricionales, inflamación crónica e hiperpermeabilidad de la barrera intestinal —tesis que ya no se discute. Y para mejorar la sintomatología, propone la dieta GAPS. Se permite la carne, el pescado, los huevos, las verduras, la fruta, los frutos secos y, si se toleran, el yogur y kéfir fermentados. Y auguro que no te sorprenderá saber que elimina los cereales, el azúcar, las legumbres, la patata y todos los ultraprocesados. Tras algunos meses sí permite reintroducir alimentos para personalizar. Y tampoco reparte milagros para todos, no… pero funciona.
[i] D’Eufemia, P.; Celli, M.; Finocchiaro, R.; Pacifico, L.; Viozzi, L.; Zaccagnini, M.; Cardi, E.; Giardini, O. Abnormal intestinal permeability in children with autism. Acta Paediatr. 1996, 85, 1076–1079.
De Magstris, L.; Familiari, V.; Pascotto, A.; Sapone, A.; Frolli, A.; Iardino, P.; Carteni, M.; De Rosa, M.; Francavilla, R.; Riegler, G.; et al. Alterations of the intestinal barrier in patients with autism spectrum disorders and in their first-degree relatives. J. Pediatr. Gastroenterol. Nutr. 2010, 51, 418–424.
Sajdel-Sulkowska E., & Zabielski R. (2013). Gut Microbiome and Brain-Gut Axis in Autism — Aberrant Development of Gut-Brain Communication and Reward Circuitry. In Recent Advances in Autism Spectrum Disorders – Volume I. InTech. https://doi.org/10.5772/55425
[ii] Lehman PC, Cady N, Ghimire S, Shahi SK, Shrode RL, Lehmler HJ, Mangalam AK. (2023). Low-dose glyphosate exposure alters gut microbiota composition and modulates gut homeostasis. Environ Toxicol Pharmacol. 2023 Jun;100:104149. doi: 10.1016/j.etap.2023.104149.
Amanda da Cunha Ignácio, Andressa Maria dos Reis Guerra, Thaiany Goulart de Souza-Silva, Mariana Araújo Vieira do Carmo, Hudsara Aparecida de Almeida Paula. (2024). Effects of glyphosate exposure on intestinal microbiota, metabolism and microstructure: a systematic review. Food Funct. 15 (15): 7757–7781. https://doi.org/10.1039/d4fo00660g
[iii] Lach, G., Schellekens, H., Dinan, T.G. et al. Anxiety, Depression, and the Microbiome: A Role for Gut peptides. Neurotherapeutics 15, 36–59 (2018). https://doi.org/10.1007/s13311-017-0585-0
[iv] Sáiz-Vázquez, O., Gracia-García, P., Ubillos-Landa, S., Puente-Martínez, A., Casado-Yusta, S., Olaya, B., & Santabárbara, J. (2021). Depression as a Risk Factor for Alzheimer’s Disease: A Systematic Review of Longitudinal Meta-Analyses. Journal of clinical medicine, 10(9), 1809. https://doi.org/10.3390/jcm10091809
[v] Campbell McBride, N. (2017). GAPS, el síndrome psico-intestinal: Un tratamiento natural para el autismo, la dispraxia, el trastorno por déficit de atención con y sin hiperactividad, la dislexia, la depresión y la esquizofrenia.
Ābele, S.; Meija, L.; Folkmanis, V.; Tzivian, L. Specific Carbohydrate Diet (SCD/GAPS) and Dietary Supplements for Children with Autistic Spectrum Disorder. Proc. Latv. Acad. Sci. Sect. B Nat. Exact Appl. Sci. 2021, 75, 417–425.

