2. La epigenética del autismo

Los genes no tratan sobre inevitabilidades; tratan sobre potencialidades y vulnerabilidades. (Robert Sapolsky, neurocientífico y profesor de la Universidad de Stanford)

LA EPIGENÉTICA

Si estás leyendo esto, auguro que no necesitarás que te cuente qué es el trastorno del espectro autista ni qué grandes desafíos trae consigo, porque probablemente lo sabrás mejor que yo. Mi pretensión se limitará a empujar contigo para que puedas abrir otra puerta muy ilusionante (cuya base científica aún está en un punto preliminar de su desarrollo, sí, pero va creciendo a una velocidad de vértigo), tanto, que merece que le des una oportunidad. Además, todas sus propuestas son compatibles con cualquier otro abordaje terapéutico que sigas (y gratis).

Las estrategias que te propone este pequeño manual se apoyan en una misma disciplina: la epigenética, la nueva ciencia que ha revolucionado nuestra comprensión del funcionamiento de los seres vivos. Es la disciplina que estudia las alteraciones en la expresión de los genes que no requieren un cambio en la secuencia del ADN.

Hasta hace muy poco, se creía que las características de una persona venían cinceladas en su genoma desde la concepción. Pero hoy sabemos que no es del todo cierto. La información bioquímica que reciben desde el exterior influye sobre qué genes se expresan y qué genes se silencian en nuestros órganos y tejidos —y durante toda la vida.

El prefijo griego epi- significa «encima». El epigenoma lo conforman los interruptores moleculares que se sitúan encima del ADN y pueden tanto activar como desactivar la expresión de los genes («encenderlos» o «apagarlos»), diferenciando las células que lo contienen. La epigenética explica que tengamos idéntica secuencia genética en todas nuestras células, pero que aquellas que conforman la piel, los ojos o el cerebro sean tan distintas entre ellas. También aclara por qué ciertos seres con la misma secuencia de ADN pueden tener pintas tan dispares (como la oruga y la mariposa, la rana y el renacuajo, o la abeja obrera y la majestuosa reina en la que podría convertirse si se alimentase con jalea real) o incluso que los gemelos idénticos presenten predisposiciones distintas a enfermar de una cosa u otra conforme envejecen.

Algunos marcadores epigenéticos son permanentes (se podría decir que están «escritos con bolígrafo», lo cual es una noticia magnífica, porque no queremos que las células cutáneas o del epitelio intestinal amanezcan un día convertidas en neuronas), pero otros son reversibles (o están «escritos con lápiz»), lo que nos brinda la oportunidad de cambiar nuestro epigenoma. No tenemos poder sobre la secuencia de genes que nos han tocado en suerte, pero sí sobre su expresión. Somos como un libro inacabado que se escribe día tras día: el genoma es el papel, la epigenética es el lápiz y la existencia que llevamos conforma el relato que escribimos.

Nuestros genes no determinan nuestro destino[1]. Ahora sabemos que, en realidad, tenemos voz y voto a la hora de decidir qué genes se expresan y cuáles no. Cada decisión que tomamos influye sobre su expresión. Elegir unas nueces y no un donut afecta a la epigenética. Ir andando al trabajo en lugar de coger el coche afecta a la epigenética. Meditar, salir a pasear al sol o abrazar a un ser querido reduce el estrés, lo que afecta a la epigenética. Dormir bien limpia nuestro cerebro, cosa que también afecta a la epigenética. Y en ella radica nuestro poder sobre la genética que nos tocó: la epigenética decide qué genes se expresan y nosotros controlamos a la epigenética.

Hace ya un cuarto de siglo que se completó la secuenciación del genoma humano, una titánica tarea que ya ha dado frutos. Su posterior escudriñamiento incansable ha logrado abrir la puerta a la biomedicina personalizada del futuro. El objetivo no es continuar tapando síntomas, sino promover la salud mediante estrategias individualizadas y adaptadas al genoma, porque hoy sabemos que nosotros tenemos casi tanto poder sobre nuestros genes como ellos sobre nosotros.

Nuestro devenir diario (desde cómo dormimos, a qué tóxicos o patógenos nos enfrentamos, qué comemos y bebemos o cuánto nos movemos, hasta incluso aquello que pensamos y sentimos) se traduce en información biológica que llega hasta nuestros genes. Y su expresión repercute en nuestro cuerpo, estado de ánimo, nivel de energía, rendimiento, salud y belleza (no nos referimos a la armonía de nuestras facciones, sino al brillo de los ojos, la sinceridad de la sonrisa, el resplandor del cabello o la apariencia de la piel). En estas páginas nos centraremos en uno de los pilares, el de la nutrición, pero ninguna estrategia que se apoye en la epigenética será todo lo eficaz que quisiéramos si descuidamos los otros poderes que también pueden mover el lápiz (como nuestra necesidad de movimiento, de regalarnos a diario un sueño reparador o de evitarnos toda la carga tóxica humanamente posible).

LA GENÉTICA NO MANDA, SOLO DISPONE

Ahondar en las entretelas del eterno debate de las «naturaleza versus crianza» (que pretende cuantificar cuánto de nosotros se lo debemos a la genética y cuánto a lo que hemos vivido) y dotar los argumentos a favor de una o de otra con evidencia científica es una pequeña odisea. Pero tenemos un as bajo la manga: los estudios con gemelos, la manera más precisa de ponderar el peso que la biología y las vivencias ejercen sobre nuestra salud, personalidad o conducta. Nos dan acceso al devenir de dos personas con el mismo ADN que, por cosas de la vida, no comparten entorno social, experiencias o lugar. Y en el embrollado estudio del autismo —un paraguas bajo el que no hay dos casos iguales— nos anima a ser optimistas.

Un estudio que analizó a más de doscientos pares de gemelos con TEA nos reveló que los factores ambientales y del estilo de vida contribuían en mayor medida al diagnóstico que la heredabilidad[2]… lo que alienta a mantener bien encendida la chispa de esperanza epigenética. Sabemos que la clínica del autismo es muy variable, pero no se suele limitar a los desafíos en el neurodesarrollo, el lenguaje o las habilidades sociales[3], sino que tiende a aunar problemas de salud adicionales[4], que incluyen la desregulación inmunitaria[5], los problemas gastrointestinales (como diarrea, estreñimiento, hinchazones, molestias y disbiosis), la disfunción mitocondrial (o una capacidad mermada de los orgánulos celulares que convierten aquello que comemos y el oxígeno que respiramos en energía)[6], las deficiencias en las rutas de desintoxicación[7], la inflamación[8], la sensibilidad a alimentos o una exposición a distintos tóxicos ambientales[9].

Decíamos unas páginas atrás que todavía no disponemos de una tonelada de ensayos clínicos que iluminen el camino del abordaje epigenético del autismo, pero la evidencia científica de su potencial cada día pesa más (echa un ojo rápido al final del libro, donde están todas las referencias, y verás). Y traen una buena noticia para quienes lo sufren y sus familias.

Más allá de la genética (que no podemos cambiar), la lista de factores de riesgo para el TEA modificables (o consecuencia del entorno) cuya manipulación mejora la sintomatología (no solo física, que también, sino cognitiva y conductual) está cada día más clara. Además, ya empieza a converger con la retahíla de problemas de salud adicionales que acabamos de enumerar: la exposición a tóxicos ambientales[10], una dieta inadecuada[11], la alteración de la microbiota intestinal[12] o un posible efecto del aumento de campos electromagnéticos no naturales[13]. Y aunque algunos están más verdes que otros, sí, todos estos factores se escriben con el «lápiz epigenético» que manejamos nosotros, no nuestros genes.

Un (ilusionante) caso clínico de dos mellizas[14]

P y L son dos mellizas que nacieron prematuramente en 2020. Ya durante su primer año de vida, los padres supieron que algo no iba bien. P sufría diarrea, estreñimiento y eccemas, y reaccionaba desproporcionadamente ante los estímulos. Por su parte, L presentaba los mismos síntomas intestinales, junto con ausencia de contacto visual y retrasos en el desarrollo. No contaban ni dos años cuando ambas recibieron el diagnóstico de TEA nivel 3, el que requiere más apoyo.

Apenas dos meses después, tras mucho estudiar, los padres se pusieron manos a la obra y comenzaron una intervención a cuatro bandas. Junto con la terapia ABA (Análisis Conductual Aplicado) y la logopedia, empezaron a alimentar a las niñas con una estricta dieta sin gluten, sin caseína (la proteína de la leche), baja en azúcar y glutamato, y sin ningún tipo de aditivo, colorante o comestible ultraprocesado. Solo comían platos preparados en casa con ingredientes frescos de temporada y de proximidad, a los que también añadieron una rutina de suplementación individual. Con un test genético y unos análisis de sangre, personalizaron las dosis de ácidos grasos omega 3, vitaminas (incluido el metilfolato) y carnitina.

En pocos meses, las niñas mostraron mejoras significativas en la comunicación, la interacción social, la flexibilidad y los síntomas gastrointestinales. Su evolución quedó reflejada en una caída en picado de su puntuación en el cuestionario ATEC (Autism Treatment Evaluation Checklist): L pasó de 76 a 32 y P de 43 a 4. No «se curaron», pero sí mejoraron muchísimo… gracias al poder de las herramientas epigenéticas.

La buena noticia es que seremos fieles al principio hipocrático de primum non nocere, porque ninguna de las estrategias que propondremos aquí (y que no son de cosecha propia, sino que vienen cuidadosamente sustentadas y referenciadas al final) tiene efectos secundarios adversos o poco halagüeños. Puede que no logremos conjurar la magia que todos le desearíamos a esa personita que tienes en mente, pero promoveremos su nutrición, apaciguaremos su sistema digestivo y le evitaremos carga tóxica. A lo peor, nos quedaremos como estábamos. La noticia estupenda es que los estudios que nos avalan y los (felices) casos clínicos que ya empiezan a acumularse permiten que nos lancemos a la aventura con optimismo. Pero la noticia menos buena es que habrá que experimentar y personalizar la estrategia para dar con la mejor tecla en cada caso particular. No existe una terapia nutricional universal, pero sí es posible ensamblar un protocolo de probabilidades que te ayudará a individualizar la suya. Y ese será nuestro objetivo.

Los genes han evolucionado a lo largo de millones de años para adaptarse a las necesidades de supervivencia de nuestros antepasados. Pero el mensaje que les transmitimos hoy es muy diferente del que solía ser. Ese león que nos acechaba en la sabana ya nunca desaparece. Ese sol que salía por la mañana y se ponía al anochecer ya nunca se apaga. Esa comida fresca y rica en micronutrientes (que permitió que nuestro cerebro creciera hasta elevarnos a la cúspide de la cadena trófica) se ha convertido en un batiburrillo inmortal de harinas refinadas, azúcar, grasa hidrogenada y aditivos. Nuestros genes quieren que prosperemos (se habrían extinguido hace milenios si no), pero debemos transmitirles la información que quieren oír… porque la epigenética es un arma muy poderosa, pero de doble filo: puede ser tu aliada o una adversaria temible.

Jill Escher y la epigenética heredada[15]

Aunque Jill Escher es abogada, suma varios lustros (y muchos ahorros) dedicados a investigar un tema muy alejado de su ámbito laboral: cómo las sustancias a las que se exponen las células germinales (aquellas que se encargarán de formar los gametos —los óvulos en las mujeres y los espermatozoides en los hombres) influyen en el neurodesarrollo.

Jill es madre de tres hijos, dos de ellos, Johnny y Sophie, con autismo no verbal severo. Pese a ser ya adultos jóvenes, los dos dependen de ella para todo —desde lavarse los dientes hasta vestirse. No había antecedentes de autismo ni de nada similar en su árbol genealógico, ni tampoco factores de riesgo identificables en sus embarazos. Nadie sabía explicarle cómo ni por qué, solo le decían que debía asumir que sus dos hijos iban a necesitar cuidados 24/7 toda su vida. Un día, Jill oyó algo que aún hoy sigue retumbando en su cabeza. En una charla de nutrición, alguien dijo que las mujeres nacen con todos sus óvulos preformados, de modo que lo que come tu abuela mientras está embarazada de tu madre influye sobre ti. Así que, en realidad, los óvulos que se convertirían en los hijos de Jill se formaron siendo ella un embrión en el útero de su madre. Cualquier exposición que la madre de Jill hubiera sufrido durante su embarazo habría podido afectar a los óvulos de la propia Jill, los mismos que años después se convertirían en sus dos hijos con autismo. Pues los designios del destino quisieron que cayese en sus manos el registro de visitas que su madre hizo al ginecólogo en 1965 mientras estaba embarazada de ella. Y bajo la caligrafía imposible del médico intuyó unas palabras que se repetían una y otra vez: Deluteval, el nombre del fármaco experimental que probó.

No lo descubriría hasta cuatro décadas después, pero Jill se convirtió en sujeto de ensayo para una terapia farmacológica cuando apenas era un embrión de pocas semanas en el útero materno. El ginecólogo inyectó a su madre —cada semana de la gestación— estrógenos y progestágenos sintéticos en altas dosis, con el propósito de comprobar si así disminuía el riesgo de aborto espontáneo en comparación con otras mujeres a quienes no se les inyectó —y que ejercerían como sujetos de control. En la época se creía que los fármacos no alcanzaban al feto y se consideraba perfectamente normal medicar a las embarazadas —se les recetaban todo tipo de anfetaminas, sedantes y ansiolíticos… e incluso se las animaba a fumar. Aquel descubrimiento marcó un hito en la vida de Jill. No solo era una madre de dos hijos con autismo severo sin ningún factor de riesgo conocido, también aquel feto que había sido expuesto semanalmente a mensajes hormonales intensos y extraños mientras estaba formando sus futuros óvulos.

Jill Escher fue presidenta de la Autism Society del Área de la Bahía de San Francisco, y hoy dirige el National Council on Severe Autism y la Escher Fund for Autism, entidad con la que financia investigaciones sobre las causas del autismo, entre las que destaca la teoría que aún la espolea a no tirar la toalla.

Escher se ha convertido en impulsora de la hipótesis de la mutagénesis germinal (germline mutagenesis). Propone que las exposiciones ambientales sobre las células precursoras de los óvulos o los espermatozoides (incluyendo las hormonas sintéticas, otros disruptores endocrinos y sustancias tóxicas), incluso generaciones atrás, promoverían alteraciones en el ADN que se heredarían —no como cambios en la secuencia genética, sino como marcas epigenéticas transmisibles— lo que podría explicar la actual epidemia de autismo.

Pese a la controversia que genera la teoría de Jill Escher (y que aún está buscando evidencia sólida que la respalde o la refute), en realidad, ya es científicamente plausible. Sabemos que las afrentas que sufre una mujer pueden transmitirse a sus nietos a través de cambios epigenéticos en su genoma. Y el mejor ejemplo («mejor», por las pruebas que acumula, no por bueno, porque supuso otra catástrofe farmacológica con buenísimas intenciones) quizá sea el del lamentable dietilestilbestrol[16].  El DES se recetó a millones de mujeres embarazadas entre 1940 y 1971 para prevenir abortos espontáneos… hasta que se supo que no solo no los prevenía, sino que aumentaba el riesgo de todo aquello que pretendía prevenir (el aborto espontáneo, el parto prematuro, el bajo peso de los bebés o, incluso, la muerte fetal y neonatal). También se demostró que aquellas niñas que habían estado expuestas al DES en el útero multiplicaban por cuarenta su riesgo para un cáncer vaginal muy raro y tendían a presentar malformaciones y anomalías físicas en el tracto reproductivo. Y me temo que su efecto no se quedó ahí, sino que se alargó, al menos, una generación más. Las nietas de las mujeres expuestas también presentan mayor frecuencia de amenorrea, infertilidad, defectos congénitos y cáncer de ovario. Y los nietos varones tampoco se salvan, porque tienden a sufrir más malformaciones y defectos congénitos en general. Pues no te sorprenderá saber que la explicación más aceptada para este probado efecto transgeneracional del trágico DES es que es un potente disruptor endocrino, capaz de inducir alteraciones epigenéticas en las células germinales de los bebés en el útero, alteraciones que se transmitirían a la siguiente generación. Te suena, ¿verdad? Sí. Pero aplicarlo en el autismo es complicado.


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Sobre la autora

Inés

Inés es nutricionista y psicóloga, además de diplomada en terapia nutricional. Tiene un máster en oncología y otro en terapia asistida con animales. También es una apasionada del poder de la nutrición como herramienta terapéutica. Descubre más aquí.

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