10. Oxalatos, otros antinutrientes y el autismo

El trigo y el maíz son los que tienden a repetirse más en la lista de culpables que destapan las dietas de eliminación, pero hay otros cereales (como el arroz, la avena, el centeno, la cebada, la espelta o el mijo) que también empeoran la sintomatología de algunas personas. Igualmente, según cuán sensibles sean, la soja tampoco es la única legumbre. Y (más allá de que suelen ser justamente la soja, el trigo y el maíz los cultivos en los que más abundan pesticidas como el glifosato, del que hablaremos largo y tendido más adelante) tanto legumbres como cereales tienen algo en común. Ambos forman parte de esos alimentos que el ser humano incorporó a su dieta en la llamada era neolítica, cuando empezó a dominar el arte agrícola, hace una docena de miles de años. Si bien cumplen su cometido de saciar su apetito y de permitir su supervivencia, no caben en una dieta de cazador recolector paleolítico ufano y bien ubicado —por lo que nuestros genes y sistemas digestivos no estarían tan felices y satisfechos con ellos como con las incomprendidas dietas paleolíticas.

Tanto las legumbres como los cereales que pudieran crecer asilvestrados en las llanuras de hace 100.000 años (las mamás evolutivas de los actuales) requerirían demasiado esfuerzo para la poca nutrición que nos aportarían. Nuestros ancestros pre-agricultura habrían tenido que recopilar una a una cada semilla y prepararlas para hacerlas comestibles (remojándolas y/o moliéndolas y cociéndolas durante horas). Así que la ley del esfuerzo versus recompensa del cazador recolector apunta a que no formarían parte de su dieta habitual de preferencia: demasiado trabajo para tan poca alegría. Ahora, cuando el hambre apretase y los mamuts no se vieran más que pintados en las paredes de las cavernas, bienvenidos serían altramuces, judías, lentejas y garbanzos.

Además, ambos son una fuente importante de los llamados antinutrientes. Son compuestos naturales que encontramos en los vegetales y las semillas que actúan como mecanismos de defensa frente al ataque de los hongos o de animales que pretendan comérselos. Pero, igual que (afortunadamente) no todos los humanos respondemos a la ingesta de gluten con una crisis psicótica, tampoco nos afectan del mismo modo ellos —oxalatos, lectinas, fitatos, cianuros, aflatoxinas o canavaninas. Y lo que sigue no implica que debamos tirar los garbanzos con espinacas a la basura y ceñirnos a la ternera, en absoluto. Pero conviene saber que hay almas con muy poca tolerancia a su ingesta (porque sus rutas de detoxificación no funcionan a pleno rendimiento), por lo que podrían contribuir a empeorar su sintomatología.

Te dejo una tabla-resumen sencilla de antinutrientes (con los alimentos que los contienen, el mecanismo que utilizan, los síntomas que dan y cómo reducirlos), para tenerlos en cuenta.

Los oxalatos

Los oxalatos forman parte de la lista de antinutrientes que ya conocemos, pero merecen tener su propio apartado en un manual sobre terapia nutricional para el autismo. Por fortuna, no provocan sintomatología en todos nosotros, pero se ha demostrado que los niños con autismo son más vulnerables a ellos. Y vale la pena tenerlos en cuenta, porque, cuando no se gestionan bien, promueven la inflamación, el estrés oxidativo, la disfunción mitocondrial, las deficiencias de minerales y los trastornos digestivos, además de alterar el microbioma.

Los encontramos en grandes dosis en las acelgas, las espinacas y en algunas especias. Quizás no sean sus alimentos favoritos, pero (aunque en menor proporción) también abundan en las almendras y el cacao. Y si uno de sus snacks fetiche son las chocolatinas con almendra, convendría descartar sus efectos.

El ácido oxálico obtuvo su merecida etiqueta de sustancia letal ya a finales del siglo XIX. Y aun a riesgo de ser tachada de chalada «conspiranoica», debo trasladarte que (a pesar de que dependerá de la salud previa del arriesgado consumidor) se han registrado muertes por intoxicación aguda de ácido oxálico con dosis inferiores a 5.000 mg. Si tenemos en cuenta que apenas 100 g de espinacas pueden aportan cerca de 800, la idea de «muerte por espinacas» pierde su a priori carácter hiperbólico (sí que suena muy exagerado, pero es plausible).

Los oxalatos no suelen tenerse muy en cuenta hasta que media un diagnóstico de piedras en el riñón (porque nos roban el calcio y se acumulan formando cristales, la consabida arenilla, que puede convertirse en cálculos renales), pero, en el TEA, quizás tienen alguna culpa más. Y esta vez sí disponemos de un estudio específico sobre los oxalatos en el autismo que fue muy revelador (y cuya cita literal inaugura esta sección)[i]. Los niños autistas presentaron niveles de oxalatos mucho mayores que los demás (2,5 veces más en orina y el triple en plasma). Y los resultados fueron tan sorprendentes, que sus autores llegaron a sugerir que la hiperoxalemia (los niveles altos de oxalatos en sangre) y la hiperoxaluria (en orina) podrían estar implicadas en la patogenia del autismo (es decir, que podrían tener parte de culpa), pero aún no está claro si se debe a una excreción renal alterada, a una absorción intestinal excesiva o a ambas cosas, ni si los oxalatos pueden atravesar la barrera hematoencefálica en los niños con autismo y alterar la función del sistema nervioso central desde dentro. Además, el origen de esos niveles altos de oxalatos también podría ser endógeno, porque el cuerpo lo fabrica como resultado del metabolismo normal (a partir de la vitamina C y de algunos aminoácidos). No lo sabemos todavía. Lo que sí sabemos es que no conviene añadir más leña al fuego hinchándoles a espinacas y acelgas, día sí y día también (cuando las tomen, mejor cocerlas y tirar el agua). Encima, los oxalatos también activan los mastocitos (aquellas células centinela que arengan la respuesta alérgica).

Aunque sí disponemos de sistemas de limpieza muy eficaces que nos libran de los antinutrientes que ingerimos —la especie lleva viéndose las caras con ellos toda la vida—, para algunos de nosotros pueden resultar todo un desafío… innecesario.

Te dejo una pequeña tabla con el contenido medio de oxalatos en los alimentos para que le eches un ojo, a ver qué te parece.


[i] Konstantynowicz J, Porowski T, Zoch-Zwierz W, Wasilewska J, Kadziela-Olech H, Kulak W, Owens SC, Piotrowska-Jastrzebska J, Kaczmarski M. A potential pathogenic role of oxalate in autism. Eur J Paediatr Neurol. 2012 Sep;16(5):485-91. doi: 10.1016/j.ejpn.2011.08.004. Epub 2011 Sep 10. PMID: 21911305.

Sobre la autora

Inés

Inés es nutricionista y psicóloga, además de diplomada en terapia nutricional. Tiene un máster en oncología y otro en terapia asistida con animales. También es una apasionada del poder de la nutrición como herramienta terapéutica. Descubre más aquí.

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