8. Las alergias e intolerancias

Más allá de su capacidad para promover (o aligerar) el estrés oxidativo y la inflamación (cuyos niveles elevados tienden a compartir las personas con TEA), se postula que las mejorías en la conducta y la comunicación (que correlacionan con una reducción en la sintomatología digestiva —hinchazón, gases fétidos, diarrea, estreñimiento, un mal aliento inexplicable o incluso el dolor abdominal) que se ven tras la implementación de «dietas sin» —gluten, caseína, soja, maíz, etc.— se deban, en parte, a intolerancias latentes. He aquí una razón más para personalizar cualquier abordaje de terapia nutricional para el autismo antes de descartarla: no hay dos casos iguales.

Algo que sí suelen compartir los pacientes, sin embargo, es una férrea resistencia al cambio y muy pocas (o nulas) ganas de experimentar con la comida. Tienden a aceptar comer un número muy limitado de alimentos (que son, además, los más proclives a causar intolerancias). Lo que nos dice la evidencia a día de hoy es que el sistema inmune innato de los niños con TEA (el que detecta patógenos y los ataca rápidamente sin molestarse en preguntar, presente desde el nacimiento) es más vulnerable a esa hiperpermeabilidad intestinal que conocimos cuando hablamos del trigo. Estarían predispuestos a padecer intolerancias alimentarias, a presentar respuestas inflamatorias a las proteínas de ciertos alimentos —lo que promovería la inflamación gastrointestinal y exacerbaría la sintomatología conductual. Y se postula que esta asociación se debe a que su sistema inmune innato responde con demasiada contundencia a las endotoxinas (aquellos lipopolisacáridos o despojos de las bacterias que conforman la microbiota intestinal) cuando se cuelan en el torrente sanguíneo, arengando la inflamación.[i]

Los niños con TEA presentan una mayor incidencia de sensibilidad y alergia alimentaria. Además del gluten, la caseína de la leche y la soja, también el maíz, los huevos, los cítricos, los cacahuetes, el chocolate y los frutos secos son culpables habituales. Y (aunque no medie un diagnóstico de autismo) las sensibilidades alimentarias no provocan solo síntomas digestivos, también (a través de la inflamación que promueven y del eje intestino-cerebro que pronto conoceremos) pueden causar irritabilidad, ansiedad y depresión. De ahí que la eliminación de los alimentos más problemáticos suela mejorar no solo la sintomatología gastrointestinal, sino también la que refleja aquella tríada del autismo. Porque las conductas que sí comparten los pacientes con TEA pueden ser un síntoma, la consecuencia de una afección médica subyacente —incluidos los trastornos gastrointestinales[ii]. Y son quienes se ubican en ese grupo los niños que más se beneficiarán del potencial antiinflamatorio de la terapia nutricional.[iii]

El calostro[iv]

Puede que la completa evitación de los lácteos y la leche de camella se alcen con las medallas de oro y de plata entre las «opciones nutriterapéuticas lácticas», pero el calostro —la primera leche que sacan las mamás, un líquido denso muy rico en todo tipo de nutrientes y en anticuerpos que protegen al bebé frente a infecciones y, además, recubre su intestino para evitar que pasen gérmenes dañinos— está ganándose, al menos, un merecido tercer puesto. Y su fama logró que en 2019 se llevase a cabo un estudio piloto en niños de entre 2 y 11 años con TEA y síntomas gastrointestinales. A los niños se les dio calostro bovino (a algunos se les sumó un extra de Bifidobacterium infantis, una bacteria de las buenas que vive (o debería vivir) en el intestino y ayuda a los bebés a digerir la leche materna y a todos a pelear con las malas. También se redujeron ciertos marcadores sanguíneos que apuntan a que se calmó la inflamación (el factor de necrosis tumoral alfa o TNF-α) y la reacción alérgica (la interleucina-13 o IL-13).

Los resultados no fueron milagrosos, pero sí se detectó que aliviaba los problemas digestivos y mejoraba la conducta. Y se postula que el efecto podría deberse a que el calostro bovino contiene inmunoglobulinas y lactoferrina (poderosas defensoras inmunitarias), y también oligosacáridos. Así que podría no solo ejercer un efecto antiinflamatorio y mejorar la función de la barrera intestinal (reduciendo aquel síndrome de hiperpermeabilidad que permitía la entrada de despojos bacterianos que, a su vez, arengaban la inflamación), sino también alimentar a las bacterias buenas. Como único efecto medio adverso, se registró solo algún que otro gasecillo extra.

Ante la duda de cuál será el abordaje más beneficioso y menos traumático, me temo que no hay una respuesta generalizable a todos los casos que no exija un poco de experimentación. Ni siquiera un concienzudo análisis de sangre que explore sus anticuerpos IgE específicos (o inmunoglobulinas E, las que apuntan a las alergias rápidas) descarta que un niño con TEA esté respondiendo mal a una proteína alimentaria (aunque sí puede ayudar mucho a listar aquellos que debería evitar)[v].

En la guía práctica daremos algunos consejos para detectar las proteínas que podrían empeorar su sintomatología con el fin de individualizar el abordaje sin exigir renuncias innecesarias. Porque me temo que la lista de combinaciones entre posibles culpables es muy larga y, reitero, no hay dos casos iguales.


[i] Horvath K, Perman JA: Autism and gastrointestinal symptomsCurr Gastroenterol Rep 2002, 4:251–258.

White JF: Intestinal pathophysiology in autismExp Biol Med (Maywood) 2003, 228:639–649.

Jyonouchi H, Sun S, Itokazu N. Innate immunity associated with inflammatory responses and cytokine production against common dietary proteins in patients with autism spectrum disorder. Neuropsychobiology. 2002;46(2):76-84. doi: 10.1159/000065416. PMID: 12378124.

[ii] Buie T, Campbell DB, Fuchs GJ 3rd, Furuta GT, Levy J, Vandewater J, Whitaker AH, Atkins D, Bauman ML, Beaudet AL, Carr EG, Gershon MD, Hyman SL, Jirapinyo P, Jyonouchi H, Kooros K, Kushak R, Levitt P, Levy SE, Lewis JD, Murray KF, Natowicz MR, Sabra A, Wershil BK, Weston SC, Zeltzer L, Winter H. Evaluation, diagnosis, and treatment of gastrointestinal disorders in individuals with ASDs: a consensus report. Pediatrics. 2010 Jan;125 Suppl 1:S1-18. doi: 10.1542/peds.2009-1878C. PMID: 20048083.

[iii] Jyonouchi H. Autism spectrum disorder and a possible role of anti-inflammatory treatments: experience in the pediatric allergy/immunology clinic. Front Psychiatry. 2024 Jun 24;15:1333717. doi: 10.3389/fpsyt.2024.1333717

[iv] Sanctuary MR, Kain JN, Chen SY, Kalanetra K, Lemay DG, Rose DR, Yang HT, Tancredi DJ, German JB, Slupsky CM, Ashwood P, Mills DA, Smilowitz JT, Angkustsiri K. Pilot study of probiotic/colostrum supplementation on gut function in children with autism and gastrointestinal symptoms. PLoS One. 2019 Jan 9;14(1):e0210064. doi: 10.1371/journal.pone.0210064.

[v] Jyonouchi H. Food allergy and autism spectrum disorders: is there a link? Curr Allergy Asthma Rep. 2009 May;9(3):194-201. doi: 10.1007/s11882-009-0029-y. PMID: 19348719.

Sobre la autora

Inés

Inés es nutricionista y psicóloga, además de diplomada en terapia nutricional. Tiene un máster en oncología y otro en terapia asistida con animales. También es una apasionada del poder de la nutrición como herramienta terapéutica. Descubre más aquí.

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