14. El poder de la dieta personalizada

La nutrición personalizada tiene el poder de mejorar la sintomatología de los trastornos del espectro autista.

Ya no es un espejismo propio de la ciencia ficción, no. La nutrición personalizada ya ha probado su enorme potencial para mejorar la salud humana, porque —ideologías aparte— no somos iguales. La microbiota, la bioquímica, la genética y el metabolismo nos hacen únicos. De hecho, no solo somos distintos entre nosotros, sino también al compararnos con nuestros yoes futuros y pasados (no necesitas lo mismo siendo adolescente, que jubilado). Hoy sabemos que la nutrición no es un paraguas que nos resguarde a todos los humanos bajo las mismas necesidades y premisas, sino que existen notables diferencias interindividuales en la respuesta a la dieta, el estado nutricional, los patrones dietéticos, los horarios de ingesta y hasta las exposiciones ambientales.[1]

La era de las viejas fotocopias de menús semanales universales que se repartían a todo el mundo ya quedó atrás. Ni siquiera compartimos los requerimientos de vitaminas, ni la capacidad de convertir ácidos grasos vegetales en los que efectivamente necesitamos, ni la habilidad para gestionar la glucosa que ingerimos. Todavía queda mucho por entender, pero, a día de hoy, ya podemos (o mejor dicho «debemos») optimizar las recomendaciones dietéticas a nivel individual, en función de las características biológicas y los objetivos de la persona[2]… muy especialmente en el autismo. Los niños con TEA son los más sensibles, como los canarios en la mina[i], quienes notan antes que nadie que quizás el mundo se ha vuelto demasiado tóxico y la comida escasa en nutrientes. Ningún abordaje de terapia nutricional será todo lo efectivo que querríamos ni tampoco nos ofrecerá todo su potencial a menos que sea personalizado. Y si la meta es mejorar la vida y el porvenir de un niño con TEA, todavía más: una condición heterogénea requiere una intervención individualizada. Andar ese camino personal no siempre es fácil, no solo porque quizás nuestro protagonista no está por la labor de introducir cambios en su dieta, tomar cápsulas o dejarse pinchar para hacerse un análisis de sangre, sino porque el puzle tridimensional que aúna genes, nutrición y entorno es embrolladísimo y colosal. Aunque ya no hay que lanzarse a la piscina con los ojos cerrados rezando para que haya agua —ni, si el dinero no alcanza, invertir en nutrigenética— para aventurarse a darle una oportunidad. Por fortuna, cada año aparece nueva evidencia científica que ayuda a identificar los factores subyacentes, para no perdernos en la bruma de las mil posibles dietas, y centrar los esfuerzos en las opciones terapéuticas con más probabilidades de éxito[3]. La nutrición personalizada no es solo una opción más, ya debería considerarse una terapia ineludible: «Para los niños autistas con trastornos metabólicos, deficiencias nutricionales y disbiosis, la nutrición y una dieta personalizada resultan no solo beneficiosas, sino también necesarias».[4]

Análisis nutrigenéticos: la letra pequeña

Engarzar las tropecientas mil piececitas del gigantesco puzle tridimensional que relaciona genes, salud y nutrición es un cometido muy digno, sí, pero se enmaraña hasta límites insospechados. Si respondemos de manera distinta a la dieta es porque los nutrientes influyen de manera distinta sobre la expresión de nuestros genes, que es lo que induce esa respuesta personal a la dieta. Por un lado, tu genoma modula tu respuesta a los nutrientes (objeto de estudio de la nutrigenética); y, por otro, los nutrientes que consumes interactúan directamente con tu genoma y ejercen del lápiz que escribe sobre tu libro, alterando su expresión génica (objetivo, a su vez, de la nutrigenómica). Sí, un lío tremendo.

Por eso, si te embarcas en ese fascinante mundo, te diría que te asegures que el test que eliges incorpora los resultados en bruto. Muchos análisis nutrigenéticos (igual de caros que los otros o incluso más) solo proporcionan una interpretación de los resultados en un informe, sin permitirte acceder a tu genotipo, ni tampoco a los estudios en los que han cimentado su algoritmo en cuestión. Este suele ser propiedad intelectual de cada laboratorio y confidencial, lo que te obliga a invertir una considerable cantidad de dinero en información con fecha de caducidad que no puedes contrastar y a dar un gran salto de fe que no siempre compensa. Además, la secuencia de los genes no cambia, pero la interpretación que se hace del entramado que conforman sí, por lo que comprar un informe con los genotipos ocultos pierde todo el sentido a medio o largo plazo. La información es poder, pero el dinero es finito y vale la pena reflexionar en cómo invertirlo.

Hasta la década de 1960, la mayoría de los casos de autismo presentaban síntomas claros desde el nacimiento, pero, en los años posteriores, las tasas de autismo regresivo aumentaron gradualmente y hoy representan alrededor del 80%. Lo más común es que los niños se desarrollen con normalidad hasta los 16 o 22 meses de edad, momento en el que se produce un deterioro funcional repentino y, obviamente, devastador para sus familias. Suelen converger la pérdida del habla, la falta de contacto visual, los movimientos repetitivos, el poco interés por los demás y unas crisis intensas. Los padres son presa de la consternación al recibir el diagnóstico de autismo, porque asumen que se trata de una afección incurable que conlleva una discapacidad grave de por vida. Pero, afortunadamente, muchos neurólogos, terapeutas y familias de niños con TEA se han negado a aceptar este pronóstico tan sombrío y han optado por darles una oportunidad a terapias prometedoras, aunque novatas, basadas ​​en la evidencia científica disponible.


[i] En los siglos XIX y XX, los mineros bajaban a las minas subterráneas de carbón con un canario, mucho más sensible al monóxido de carbono (un gas invisible y letal que no se huele). Si el ave enfermaba o dejaba de cantar, los mineros sabían que estaban respirando aire tóxico mucho antes de sentir sus efectos.

[1] Bush CL, Blumberg JB, El-Sohemy A, Minich DM, Ordovás JM, Reed DG, Behm VAY. Toward the Definition of Personalized Nutrition: A Proposal by The American Nutrition Association. J Am Coll Nutr. 2020 Jan;39(1):5-15. doi: 10.1080/07315724.2019.1685332.

[2] van Ommen B, van den Broek T, de Hoogh I, van Erk M, van Someren E, Rouhani-Rankouhi T, Anthony JC, Hogenelst K, Pasman W, Boorsma A, Wopereis S. Systems biology of personalized nutrition. Nutr Rev. 2017 Aug 1;75(8):579-599. doi: 10.1093/nutrit/nux029. Erratum in: Nutr Rev. 2017 Aug 1;75(8):672. doi: 10.1093/nutrit/nux049.

Berry SE, Valdes AM, Drew DA, Asnicar F, Mazidi M, Wolf J, Capdevila J, Hadjigeorgiou G, Davies R, Al Khatib H, Bonnett C, Ganesh S, Bakker E, Hart D, Mangino M, Merino J, Linenberg I, Wyatt P, Ordovas JM, Gardner CD, Delahanty LM, Chan AT, Segata N, Franks PW, Spector TD. Human postprandial responses to food and potential for precision nutrition. Nat Med. 2020 Jun;26(6):964-973. doi: 10.1038/s41591-020-0934-0. Epub 2020 Jun 11. Erratum in: Nat Med. 2020 Nov;26(11):1802. doi: 10.1038/s41591-020-1130-y.

[3] Mesleh, A. G., Abdulla, S. A., & El-Agnaf, O. (2021). Paving the Way toward Personalized Medicine: Current Advances and Challenges in Multi-OMICS Approach in Autism Spectrum Disorder for Biomarkers Discovery and Patient Stratification. Journal of Personalized Medicine, 11(1), 41. https://doi.org/10.3390/jpm11010041

[4] Joanna Kałużna-Czaplińska, Jagoda Jóźwik-Pruska, Nutritional strategies and personalized diet in autism-choice or necessity? Trends in Food Science & Technology,Volume 49, 2016, Pages 45-50, ISSN 0924-2244, https://doi.org/10.1016/j.tifs.2016.01.005

Sobre la autora

Inés

Inés es nutricionista y psicóloga, además de diplomada en terapia nutricional. Tiene un máster en oncología y otro en terapia asistida con animales. También es una apasionada del poder de la nutrición como herramienta terapéutica. Descubre más aquí.

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