Cuando conoces a una persona con autismo, conoces a una persona con autismo. (Dr. Stephen Shore, profesor universitario, conferencista internacional y autista)
Puede que no sea el arma más poderosa del arsenal (si vivimos sumergidos en una atmósfera neurotóxica, muchos milagros no podrá conjurar), pero, según qué garabatos epigenéticos le hayan traído aquí, la nutrición personalizada es perfectamente capaz de cambiarle la vida. Por un lado, se asegurará de que no le falta nada (lo que no es tan común como podría parecer, pese a que tenga acceso a comida en abundancia) y, por otro, procurará que no le sobre nada tampoco (lo que, de nuevo, no es en absoluto tan común como podría parecer, pese a que no lastre un gramo de sobrepeso).
No disponemos de miles de ensayos clínicos perfectamente validados y replicados que nos permitan cimentar un abordaje dietético firme y universal, porque la investigación nutricional bien hecha es extremadamente cara y difícil de llevar a cabo. Y el ensayo nutricional perfecto es virtualmente irrealizable. Este implicaría recluir durante un lapso suficiente de tiempo a una muestra significativa de personas para someterlas a un protocolo de alimentación controlado, manteniendo constantes, además, el resto de variables que podrían influir sobre ellas (como si han dormido bien, su nivel de estrés, su exposición a tóxicos, su historial médico y farmacológico, la marca de su champú y a saber cuántas cosas más). Ese estudio sí permitiría inferir causalidad (o que tal abordaje dietético causa tal o cual resultado) con toda tranquilidad. Los demás diseños solo nos aproximan a una posible certeza. Y si ya es difícil estudiar la respuesta a la dieta en la población general con un generoso margen de confianza, imagina cuando le añades la variable «autismo» en sus mil personificaciones.
Aunque los «afortunados» casos clínicos esporádicos que han ido apareciendo han promovido que las tornas cambien, hasta hace pocos años nadie invertía el dineral que vale poner en marcha un ensayo nutricional en personas autistas, porque las intervenciones dietéticas se consideraban demasiado débiles para obtener resultados medibles. Craso error. Que la terapia nutricional para el autismo tenga limitaciones no significa que sea inútil, ni mucho menos, sino solo que todavía no existen protocolos consensuados, porque el melón se acaba de abrir y está muy verde todavía. Pero eso no debería verse como una señal de «prohibido el paso», ni siquiera como una de «circule con precaución» hasta el día feliz que se estudie en la facultad de medicina dentro de quince o veinte años (porque entonces podría ser ya demasiado tarde). Asegurarse de que no le faltan nutrientes y evitarle sustancias inflamatorias o que promueven el estrés oxidativo no es como probar el penúltimo fármaco experimental. Mejorar y personalizar su alimentación es gratis y nada remotamente arriesgado. Y aunque no vaya a ser la panacea que le cambie la vida (aunque sí sea posible), aumentar la calidad nutricional de su dieta y reducir la lista de neurotóxicos a los que se expone siempre es para mejor.
¿Es su autismo una alergia del cerebro?[i]
El Dr. Theoharis Theoharides es un médico-científico greco-estadounidense con una larga trayectoria en la investigación de la neuroinflamación y las reacciones neuroinmunitarias. Y apuesto a que no será solo su nombre lo que recordarás de él, también una teoría que lleva años barruntando: que existe un subtipo de autismo que es, a todas luces, una alergia cerebral. El TEA suele venir de la mano de varias alergias alimentarias y cutáneas mediadas por mastocitos (que son como centinelas, unas células del sistema inmune que, al activarse, liberan histamina y sustancias inflamatorias para defendernos de bacterias o parásitos). En el cerebro, se sitúan sobre todo en el hipotálamo, una estructura crucial que participa no solo en la memoria, sino también en la conducta y en la expresión de emociones. El Dr. T. apunta a que sería la activación de dichos mastocitos cerebrales (por la presencia de tóxicos, alérgenos, estrés o desencadenantes inmunitarios y neurohormonales) lo que provocaría una reacción alérgica a su alrededor y una encefalitis focal —que sería la culpable de la sintomatología.
LOS DÉFICITS NUTRICIONALES
La evidencia científica todavía es limitada, sí, pero ya existe. El esperanzador ensayo de James Adams que celebramos unas páginas atrás no está solo, sino que se apoya en una creciente cantidad de estudios prometedores que iremos conociendo en las venideras. Por ejemplo, ya se ha podido asociar la calidad de la dieta con las funciones ejecutivas de personas con TEA (sí, a más calidad, mejor rendimiento y viceversa).
Una dieta pobre en micronutrientes correlaciona con un mayor deterioro de la memoria de trabajo y de la capacidad organizativa, lo que ya debería animarnos a prestarle atención. Sí, el campo de acción de la nutrición no se limita al peso, la diabetes, la salud cardiovascular o la envergadura, también influye sobre el cerebro y la cognición (y mucho)[ii]. Incluso se ha vinculado una dieta sin gluten (que suele ser una de las opciones menos traumáticas, pero más rentables en esfuerzo), así como el consumo de carne, huevos y verduras con una mayor comprensión del lenguaje —la carne y los huevos también correlacionan con una mejora significativa en la escala de conciencia sensorial. Por el contrario, la ingesta de carbohidratos de absorción rápida —como los dulces, el pan, los cereales de desayuno o el arroz blanco— se asocia con una menor puntuación de la subescala de salud.[iii]
Sí, grosso modo, dulces y pan mal, carne y huevos bien. Esa es la mayor dificultad de la terapia nutricional para el TEA: que su menú sea limitado y esté repleto de dulces y pan.
Por eso no sorprende que la alimentación de más de la mitad de los niños con un diagnóstico de TEA ni siquiera alcance a aportarles las ingestas mínimas recomendadas para su edad (que, por cierto, se estiman según los requerimientos mínimos que un 97,5% de la población debe consumir cada día para no enfermar, lo que no implica que sean las ingestas óptimas para que la especie humana florezca). Los déficits más habituales incluyen las vitaminas del grupo B, además de la vitamina A, la D y la C, el hierro, el magnesio, el zinc, el selenio, y algunos aminoácidos y ácidos grasos esenciales. Se postula que esta es la razón de que los niños con TEA son estadísticamente más bajitos que los neurotípicos, porque tienden a aceptar comer solo unos pocos alimentos (como las galletas, la pasta o la pizza) y a rechazar otros mucho más ricos en micronutrientes, grasas saludables y proteínas biodisponibles (como la carne, los huevos, el pescado, las verduras y hortalizas).[iv]
También sabemos que presentan niveles altos de marcadores de inflamación sistémica y reducidos de glutatión (nuestro principal antioxidante celular), lo que nos sugiere que, además, están expuestos a un mayor nivel de estrés oxidativo —cosa que sí podemos apaciguar con la nutrición.
Cada caso particular requerirá un plan individualizado y un poco de experimentación. Habrá que poner sobre la mesa las piezas del puzle para esa personita en particular y moverlas hasta dar con la mejor posición posible. Ante todo, debes averiguar qué le falta, qué le sobra y qué estrategia os resultará más fácil seguir. En la guía práctica encontrarás algunas pautas más concretas para guiar esos primeros pasos.
POSIBLES «ENEMIGOS» DIETÉTICOS
No, nadie pretende demonizar al pan ni desmerecer nuestra bienamada Dieta Mediterránea, pero, para comprender cómo y por qué vale la pena implementar una dieta terapéutica, hay que tomar conciencia del efecto que sus componentes pueden tener sobre algunos de nosotros. Cada persona es un mundo, por eso no podemos sencillamente proponer un menú válido para todos que vaya sí o sí a mejorar su sintomatología. Sin embargo, si aprendemos a detectar reacciones a los distintos alimentos (algunas más sutiles, otras menos) y entendemos de dónde proceden, nos resultará más fácil personalizar su dieta y evitarle renuncias innecesarias. Te propongo acompañarme a la rueda de reconocimiento con los sospechosos habituales.
El trigo
El azúcar
Los aceites industriales
Las alergias e intolerancias
Los lácteos
Los oxalatos y otros antinutrientes
Los ultraprocesados y aditivos
[i] Theoharides, T.C. Is a subtype of autism an allergy of the brain? Clin. Ther. 2013, 35, 584–591.
[ii] Wang X, Song X, Jin Y, Zhan X, Cao M, Guo X, Liu S, Ou X, Gu T, Jing J, Cai L, Li X. Association between dietary quality and executive functions in school-aged children with autism spectrum disorder. Frontiers in Nutrition. 2022 Aug 4;9:940246. doi: 10.3389/fnut.2022.940246. https://www.frontiersin.org/journals/nutrition/articles/10.3389/fnut.2022.940246/full
[iii] Acosta, A., Khokhlovich, E., Reis, H. et al. Dietary Factors Impact Developmental Trajectories in Young Autistic Children. Journal of Autism and Developmental Disorders 54, 3533–3548 (2024). https://doi.org/10.1007/s10803-023-06074-8
[iv] Cornish, E. (1998), A balanced approach towards healthy eating in autism. Journal of Human Nutrition and Dietetics, 11: 501-509. https://doi.org/10.1046/j.1365-277X.1998.00132.x
Janik, Lisa. «Micronutrient Intake in Children Diagnosed with Autism Spectrum Disorder and Food Selectivity.» 2016. Georgia State University. https://doi.org/10.57709/8837548.
Alhrbi A, Vlachopoulos D, Healey EM, Massoud AT, Morris C, Revuelta Iniesta R. Nutritional Status of Children Diagnosed With Autism Spectrum Disorder: A Systematic Review and Meta-Analysis. J Hum Nutr Diet. 2025 Aug;38(4):e70099. doi: 10.1111/jhn.70099.

